Al filo de las diez de la noche, el cielo se tiñó primero de un amarillo intenso. Entonces vino un rugir de las piedras, el bramido de la tierra que se partía y que despellejaba las calles y aplastaba los edificios. Los cristales se hicieron polvo y sombras humanas volaron hacia el vacío. Dios decidió que una Casa Cuna también cayera bajo los fuegos. No hubo discriminación ni contemplaciones bajo la onda expansiva. El estruendo se escuchó en Huelva, en Portugal, en Ceuta. Entonces el cielo se hizo rojo, del mismo color que las paredes y las calles de Cádiz. Primero, el silencio cubrió la ciudad con el humo en forma de hongo y el hollín. Un poco más tarde, llegaron los gritos de dolor.

Era el 18 de agosto de 1947. En plena dictadura franquista, la ciudad sufrió uno de sus episodios más trágicos: la explosión de dos polvorines de la Armada, enormes almacenes de munición ubicados en el barrio de San Severiano. En los depósitos había de todo: cargas de profundidad, minas antisubmarinas, cabezas de torpedo, todos remanentes de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Doscientas toneladas de trinitrotolueno detonaron en una efectiva reacción en cadena que voló media ciudad en su zona extramuros. La Puerta de Tierra fungió como pétreo centinela y el Cádiz Histórico se salvó de la catástrofe. Gracias a la rápida intervención de los militares, se evitó la detonación de 98,000 kilos de TNT almacenados en el segundo depósito.

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La onda expansiva de la explosión, que cobró 150 víctimas mortales.

José Antonio Aparicio, licenciado en Filosofía y Letras por la UCA, ha llevado la investigación sobre este capítulo de la historia de Cádiz hasta nuevos derroteros, y se presentó el 21 de noviembre pasado en una interesante tertulia organizada por Ana Mayi en la librería Las Libreras. Por su parte, Manuel Devesa llevó aquella fatídica noche a la ficción, en La noche que miramos al cielo (Diversidad Literaria, 2017), primera novela que trata la tragedia. Aunque se habla mucho del tema a nivel local en este tipo de coloquios, es notable que las nuevas generaciones conozcan poco o nada sobre lo acontecido ese verano, como me he podido dar cuenta: a la tertulia no asistieron jóvenes menores de veinte años.

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La investigación de José Aparicio, a cargo del sello Cazador de Ratas.
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Manuel Devesa muestra con orgullo su novela, la primera sobre este suceso histórico.

Sin embargo, en el evento sí que estuvieron presentes dos supervivientes, testimonios vivos de la historia gaditana contemporánea. Don Manolo, que solo tenía cuatro años en aquel entonces, conserva recuerdos nítidos de aquella noche:

Acabábamos de cenar o íbamos a cenar, eso si no puedo precisarlo. Lo que sí recuerdo es que jugaba con un barco de corcho en una tinaja con agua. Entonces, un militar vino a nosotros corriendo, agitado y gritando ‘tienen que irse de aquí, esto puede explotar otra vez’. Y nos fuimos corriendo a la Alameda, a la fuente que había cerca del Carmen. Corrimos con mucha suerte, ahí no pasó casi nada.

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Testimonios vivientes en la tertulia: Don Manolo (extrema der.) habla sobre su vivencia. A su lado, doña Ángela (izq.)

Por su parte, doña Ángela González Ramiro, superviviente de la Casa Cuna, comenta con una tranquilidad que eriza la piel:

A mí me sacaron de entre los escombros al día siguiente.

Y entonces, después de mostrar las diferentes teorías sobre el origen de la explosión a través de reportes y testimonios, Aparicio sacó de la chistera un invaluable tesoro: documentos de la Armada, redactados por oficiales y suboficiales que vivieron de primera mano aquellos días. Héroes anónimos que fueron relegados al desconocimiento y el olvido, como los Tercios del sur, que no figuran en reporte alguno. A pesar de que, en 1947 Cádiz, la gran explosión (Cazador de ratas, 2017) Aparicio hace un impecable y exhaustivo trabajo de investigación, comenta que siguen llegando a él documentos interesantes y que aportan nuevas voces al silencio de la dictadura y de los mandos militares, aún a setenta años de distancia.

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La zona de extramuros tras la explosión. Foto del 20 de agosto de 1947.

En la tertulia salieron curiosidades históricas: la llegada del general José Enrique Varela a Cádiz, encolerizado por la negligencia de la Marina y de las desestimaciones a sus advertencias de que aquello reventaría más temprano que tarde. Notables fueron los encontronazos con el ministro Francisco Regalado, quien, preso de su poca asertividad verbal llevaría a soltar frases como que «aquello no era para tanto» y «¡Cómo huele aquí a muerto!» mientras Varela revisaba uno por uno los semblantes de los cadáveres en descomposición, grabándose sus rostros para siempre. Por supuesto le contestó, lapidario:

—¡Pues hace tres días esta gente olía a rosas!

Y resultó sobrecogedor, al menos para mí, el ver y tocar documentos originales que daban parte de la tragedia: listados de muertos, heridos, y reconocimientos de cadáveres que incluían a los niños de la Casa Cuna. Números que traducen el dolor humano, pérdidas irreparables y visiones apocalípticas de una ciudad arrasada por el calor de los infiernos. Esos documentos existen gracias al empeño y la habilidad investigativa de José Antonio, quien esperemos lleve en su antorcha la luz que nos permita dilucidar las causas, y llevar un poco de paz a quienes perdieron a alguien aquella noche roja.

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Imagen principal: Miguel Ángel Camacho

Para saber más sobre su trabajo de ilustración, visiten:

 https://www.artstation.com/miguelangelcamacho

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