Pájaros en un cielo de estaño, o el placer de leer historias

Pocas veces se puede iniciar de mejor forma un año. La continuación de un año atípico, que todos conocemos. Dada la situación actual, las pocas opciones que nos ofrece el presente inmediato es la lectura. Y tener a la mano una excelente lectura es un lujo estos días de tantísima oferta y escritores emergentes. Dicho esto, presumo la fortuna de haber tenido entre mis manos los dos libros de Antonio Tocornal.

En principio, 2020 nos trajo una novela apoteósica de este autor que ya nos había sorprendido anteriormente con historias cortas, también atípicas. Gracias a lectores avezados y deslumbrados con su narrativa, Bajamares se convirtió en un fenómeno del «boca a oreja» dentro y fuera de internet. Seguramente estará en las grandes vitrinas no dentro de mucho: la buena literatura siempre termina saliendo a flote y esta novela es una joya narrativa de la que ya he hablado anteriormente; seguiré recomendándola cada vez que pueda.

2020 tuvo el detalle, a pesar de ser un año nefasto, de otorgarle a Antonio Tocornal dos publicaciones que apenas ha podido presentar en público, en reuniones tradicionales que hoy son poco posibles de realizar. La segunda fue el premio València de Narrativa Institució Alfons el Magnànim, un premio que, debo decir, ha generado grandes obras de la narrativa actual que no decepcionan en sus dos formatos, para jóvenes promesas y para arriba de 35 años. Es uno de los pocos premios me parece «limpios» que quedan en el amplio panorama hispano, y una vez más fue rubricado con Pájaros en un cielo de estaño, originalmente titulada por su autor como Ochocientas rayas de tiza. Ambos títulos enigmáticos, uno más poético que otro, pero que retratan de forma exacta una historia que termina por hacernos sonreír, que nos recuerda el placer de leer, del porqué tomamos un libro y lo abrimos para sumergirnos en él.

Poco se puede añadir a la maestría que ha adquirido Tocornal en su narrativa. Su producción inagotable va como una pendiente hacia arriba que parece no detenerse, y nos vuelve a deslumbrar con sus Pájaros, una historia como suelen ser las muy buenas, de apariencia sencilla y que se va desdoblando en un abanico de rarezas lingüísticas y estilísticas, de prosa que se extraña hoy. La llegada de unos peculiares extranjeros a un pueblo perdido de Andalucía en tiempos de la posguerra supone un acontecimiento mucho más complejo del que se cree, y Antonio exprime hasta la última gota de los sucesos para entregarnos esta filigrana del nivel del tío Modesto el ebanista, una vez más, de alto nivel.

No es el Realismo Mágico una corriente que me atraiga. Suelo evitarlo. Pero Tocornal hizo algo increíble: logró implicarme en esa magia que destilan los hechos, de lo inexplicable en un mundo que debería tener un poco más los pies en la tierra. No sé si me explico: el autor hace con casi cada personaje florituras de esta magia narrativa que nos conduce, por si sola, al fresco de un pueblo ficticio y a su totalidad, desde oficios ya perdidos en el tiempo hasta un alcalde que aconseja con su repertorio de refranes. Guardando distancias, Las Almazaras encontraría sus antípodas en el realismo que imprimió Clarín con su querida Vetusta. En este fresco de Tocornal aparece gente normal con prodigios revelados de una u otra forma. De eso se trata una buena historia, que no sea el Realismo Mágico porque sí; aquí es concatenado con la vida diaria en su justa normalidad, casi con la indiferencia que le confiere el realismo. Y ahí radica la magia de Pájaros en un cielo de estaño: el poder recorrer el pueblo gracias a los personajes y creernos todo de principio a fin. Son tan variopintas las situaciones, de una imaginación desbordante, pero a la vez controlada y dirigida con tal inteligencia, que no queda más que soltar la carcajada como lo hice con la escena del camaleón republicano.

Antonio Tocornal hace gala del manejo de la técnica epistolar (a final de cuentas, la novela es una carta de más de doscientas páginas), y el guiño final con Bajamares hace que las considere primas hermanas. Dos novelas unidas por un año de rarezas, el año quizá perfecto para dos trabajos como estos. Aquí radica la calidad que tanto nos hace falta hoy, y de la que deberían aprender los noveles y aspirantes a narrador.

El libro estuvo a cargo de Ediciones Versátil, con una increíble portada y una edición interior que merece el texto. Pueden conseguir el libro aquí:

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